Escritos

Me zarpó la pollera sin disimular. Le encantaba hacerlo con violencia de a épocas y así fue: primero de atrás para adelante, al fondo a la derecha. Me giró vuelta y vuelta mientras mis ideas revoloteaba alrededor. Estaba dispersa. Yo lo dejé hacer lo suyo. Me aguijoneó por donde pudo y supe que mis ojos saltaron de sus órbitas porque se me hizo vitreaux la mirada. Mis ojos eran dos medias bolas de boliche, con todos esos espejitos mirando

ESCENA 1

En un salón. Tipo living erótico decadente. Con la persiana baja para que no entre el día, luces veladas, de colores y una barra de mármol imitado. Un gran sillón de cuero negro gastado. Las chicas con lencería se pasean, toman un trago, fuman un cigarrillo o simplemente están sentadas aburridas en el sillón. Un timbre insistente hace que la madama salga por una puerta al final del living y vaya hasta la puerta de entrada, por el pasillo, aparece un hombre cincuentón, de traje desaliñado caminando sin cuidado.

En una plaza desolada de Gran Buenos Aires. Se escuchan los grillos que chillan lejos de los pocos faroles que hay encendidos. Es verano y hay humedad en el ambiente. La atmósfera está quieta. Álvaro, clase media-baja, alto y fuerte. Josefina, clase media-baja, flaquita con pelo largo finito.

¡Federico estoy harta de caer en los lugares comunes! ¡Ya no puedo formar parte de esta relación trillada! Vos mintiéndome...Yo esperando que vuelvas. Es tan fácil de adivinar que aburre ¡Federico! ¿Dónde te fuiste? No importa. Y no es necesario ni que estés acá para que lo respondas, Federico. Pero te escribo para terminar todo esto, ahora que te fuiste otro viernes más de mi vida. 

 Cucarachas saliendo del inodoro y esa quietud de grito mudo que le agarraba hasta que despertó.  Jorge impulsó su pata izquierda al abismo del colchón, aventuró su dedo gordo al vacío y demoró lo que tarda una mosca en divisar lo que está viendo para levantarse. Con la rapidez de un camaleón, paso a paso, llegó al inodoro. Manoteó su gusano apoyando en simultáneo su brazo sobre los azulejos para sostenerse, como el bastón de un ciego. Ni lo vio, así trasnochado de seis de la matina, meando birra caliente como estaba.

No supe donde ir pero corrí. Levantando mucho las piernas para dar saltos cada vez más largos sobre esa alfombra verde que nadie había cultivado. Huérfanas de padre, pensé, se habían criado unas a otras, todas las yerbas del campo, hijas únicas de sí mismas. Corrí, respirando por la boca hasta que mis rodillas no soportaron más el cansancio y me dejaron caer de cabeza.