Acantilado

No supe donde ir pero corrí. Levantando mucho las piernas para dar saltos cada vez más largos sobre esa alfombra verde que nadie había cultivado. Huérfanas de padre, pensé, se habían criado unas a otras, todas las yerbas del campo, hijas únicas de sí mismas. Corrí, respirando por la boca hasta que mis rodillas no soportaron más el cansancio y me dejaron caer de cabeza.

Olía a tierra recién llovida y abrí mis narinas para absorber toda esa frescura. Giré en trompos dos o tres veces sin cerrar los ojos y las nubes prendidas fuego por los rayos de la última hora subieron y bajaron en el horizonte. Pensé si el limbo sería así, como un sube y baja entre el cielo y el infierno. Y supuse que uno está tan perdido ahí que al final se queda, porque no sabe donde ir. De prepo, por el miedo de imaginarme muerta, me volví a parar y tiré mis pies para adelante para obligarlos a seguir deambulando. Corrí, para dejar el resto atrás, hasta el borde del acantilado. Me tragué mi propio aliento para no caer y escuchando el bombo de mi corazón, me hice estatua frente al paisaje. El mar de esa patagonia atlántica se había retirado. Kilómetros y kilómetros de arena mojada eran la única prueba de que había existido. El mundo parecía más grande y se me iban los ojos de recorrer todo ese horizonte vacío. Pero mis pies se resistían. Yo creo más bien porque no sabían qué hacer, dar un paso adelante o retirarse sobre sus huellas marcadas a suela y voluntad en el pasto. Mis ojos siguieron mirando. Más allá estarían las ballenas si es que quedaba todavía una en algún charco de océano. Entonces cerré los ojos para recordar el ruido de las olas e incontables toneladas de agua salada se hicieron espuma bajo mi nariz y salpicaron mis cachetes. Estallaban en miles de burbujas contra esa barrera de polvo que me sostenía, no por mucho tiempo, por encima de la tempestad. Viento se presentó y se puso a bailar con mi pelo. Lavanté los brazos sólo para practicar cómo sería volar pero el salitre, que flotaba a mis lados, me hizo picar los ojos y no sin antes frotarme, los abrí. La arena ya seca, sin perder el tiempo, dibujó un desierto movedizo de gigantes que aparecían y se desplomaban como fantasmas en manos del viento. Mi propio abismo era ahora una llanura y entre tanto horizonte, no supe donde ir pero corrí. Dí una vuelta sobre mi eje, barajé el mapa y di de vuelta. Falta envido, quiero retruco.