Cañerías

 Cucarachas saliendo del inodoro y esa quietud de grito mudo que le agarraba hasta que despertó.  Jorge impulsó su pata izquierda al abismo del colchón, aventuró su dedo gordo al vacío y demoró lo que tarda una mosca en divisar lo que está viendo para levantarse. Con la rapidez de un camaleón, paso a paso, llegó al inodoro. Manoteó su gusano apoyando en simultáneo su brazo sobre los azulejos para sostenerse, como el bastón de un ciego. Ni lo vio, así trasnochado de seis de la matina, meando birra caliente como estaba.

Pero el agua del inodoro se movió como absorbida por una bocanada de algún pez gordo y volvió a llenarse. Jorge de repente recordó el sueño que había dejado al primer camaleónico paso desde su nido de almohadas. Las cucarachas. Hacía dos días había encontrado una muy larga y antenuda moviendo sus pinchudos zancos boca arriba, en obvia agonía. La dejó morir, no la escrachó con su chancleta. Le daba fiaca limpiar después. Sencillamente la sacó de su vista. Al inodoro y tiró el botón.  Era por las lluvias y sus inundaciones: habían hecho saltar los tapones y levantaban la perdiz de los bichos que se crían allá abajo, en todas las cañerías. Pero qué le importaba eso a él ahora! Si seguía borracho y veía cualquiera mientras terminaba de sacudirse. Un poco más avispado reptó por donde había venido. Se hizo una bolita con las sábanas, escaso abrigo para un bicho de ciudad una noche en las que el verano se olvida de sus deberes, y se agazapó en el sueño.  La segunda vez que despertó, moría de sed, como si mil polillas hubiesen volado en su boca, por su tubo respiratorio, ventilándolo hasta secar su garganta. Sus dedos olfateaban cual trompa de un oso hormiguero en busca de la botella de agua que su cerebro de mosquito recordó llevar antes de aplastarse contra la cama. O quizás no.  Abrió las persianas de sus ojos y le puso al mal día, una cara. Por la ventana llovía y se le inundaba la vista con las lagañas del mal sueño. Podrían ser las 2, 4 ó 5 de la tarde en su patio interno de edificio dos por dos, donde se ignora el paso del tiempo a cambio de nunca ver los rayos de sol. A esa hora que no sabe precisar, la rejilla se puso a escupir mugre atragantada.  Jorge quiso con una de sus garras aclararse la mirada aunque sólo consiguió hundirla en un mar amarillo de mucosa. Recordó su sed de tráquea en desuso. Sin siquiera prender la luz fue a abrir la canilla. Una sola gota, que persiguió con cabeza hasta arrugar su papada, se desplomó sobre un mar de hormigas que corrían hacia afuera del desagüe, como si su último bastión hubiese sido derrocado y no quedase más que la retirada del sálvense quien pueda. Esa bomba de agua se cargó a varias que estaban en su diámetro de alcance. Pero era sólo una gota. Luego, siguió el bullicio de las miles de gotas no potables que chorreaban del cielo. Estallidos en su par de metros cuadrados que le son propios del mundo. 

-¡La puta madre! ¿Cuántos mililitros llovidos sobre mojados?

Y él con una lija de lengua atascada de sed. Encima, el ataque de hormigas que no se decide a volver a su refugio a pesar de la bomba. Fluían de los agujeritos de la pileta de la cocina como ríos de tropas marchando por su vida. Por mirarlas no lo vio. Pero la rejilla del patio tosió volando por los aires y las aguas incontables cucarachas que se festejaban la salida forzosa aunque algunas partes: patas, alas, antenas, se hayan perdido en el camino. Las que llegaban a tocar la pared enseguida inauguraban la escalada. Las que no, se la aguantaban, flotando en el lago y se dejaban llevar a la deriva por la ola de la escupida, deseando llegar a buen puerto.

 -¡Esto es vida! Sin ojotas, se sumergió en su patio calzado con una sopapa, listo para terminar esa pesadilla. Liberó la rejilla y le dio sin asco al hueco que quedó como un psicópata clavando su cuchillo. El agua bajó y se esfumó dejando los cadáveres de grela al descubierto. Nada que la lluvia no fuera a enjuagar. El sudor se le mezclaba con las gotas del cielo que todavía caían y su sed lo hizo rogar en un grito mudo por agua. Abrió la boca y eso fue. Un latigo de cien patas lo mordió por la espalda.