La mamboretá

Me zarpó la pollera sin disimular. Le encantaba hacerlo con violencia de a épocas y así fue: primero de atrás para adelante, al fondo a la derecha. Me giró vuelta y vuelta mientras mis ideas revoloteaba alrededor. Estaba dispersa. Yo lo dejé hacer lo suyo. Me aguijoneó por donde pudo y supe que mis ojos saltaron de sus órbitas porque se me hizo vitreaux la mirada. Mis ojos eran dos medias bolas de boliche, con todos esos espejitos mirando

mil veces lo mismo. Y las muelas se me fueron. Mandibuleé entre dos gemidos cuando una trompada me estiró los colmillos en forma de pinza. De ahí en más cada alarido era un abrir y cerrar de dientes en serrucho. Rodé arriba y mis rodillas gobernaron. De cuclillas, parecía un grillo al son de su cric cric. Un calambre me retorció como un rayo, del centro a la punta de las antenas. El aguijón era ahora mío, y donó su veneno. Guille se contrajo como un gusano poseído. Sería efecto del ácido. Y yo no pude más que caer en la tentación de acercar mis frescas encías enverdecidas. Húmedas de sed por querer comerlo. Por mis órbitas vidriadas mil veces ví como mis pinzas se abalanzaron muertas de hambre. Decapitaron a Guille para deglutirlo primero por sus ojos, que tanto me miraron y por su boca, que tanto me besó. En fin, fue su cabeza que me comí a besos y que él perdió por amor. Mientras, como un muñequito a cuerda, digno de su destino, Guille seguió penetrándome. Y yo quedé satisfecha.